
Siempre me gustó jugar a ser mayor. Pintarme la cara con el maquillaje de mi tía.
Y colgarme del cuello los largos collares de mi abuela. Hasta llegué a tener unos zapatos de tacón talla 23.
los carnavales eran el despelote total. 4 días para vestirme y enmaizenarme hasta el cansancio donde todos parecían tener espacio y lugar. En esos tiempos no existía los famosos palcos. Nos levantábamos temprano cada cual armaba su pinta carnavalera. quietitos en la parada a esperar el bus de Maria modelo que nos dejará en la vía cuarenta antes de que la cerraran al trafico. Llevamos termos con agua de panela, la maicena comprada del barrio que era más barata. Y ojito sin derecho a pedir todo lo que los vendedores ambulantes nos ofrecían. No había guerras de espuma. Si acaso guerra de ron y cerveza. Definitivamente otros tiempos.
Crecí. Y la fiesta tomaba cada vez una dimensión diferente. Creo que me gustaba incluso más que la navidad. La ultima vez viví la fiesta como nunca incluso con la promesa de que el siguiente año me inscribiría en una comparsa. Transcurría el 2004 . Mi cuerpo no puede quedarse quieto frente a gaitas y tambores. Imagino que como el de muchas personas que viven y gozan de la fiesta.
Barranquilla aquella ciudad con puerto que da la espalda al rio grande de la Magdalena. Barranquilla aquella ciudad con playas llenas de piedras y algas. Ella justo en medio de Cartagena y Santa marta. El puente que cruzan los provincianos para abrirse paso en la descabellada urbe. La ciudad que se ha hecho de la mezcolanza de acentos y pueblos. La ciudad que nadie fundó. Se hizo casi sola con la ayuda de unos personas que buscaban mejores pastos para su ganado.
Barranquilla a la que nadie le cree cuando dice que no pudo llegar a tiempo por que el arroyo no la dejaba cruzar. Donde un ahorita, se puede convertir en un mañana o pasao. Este sábado harán ya cuatro años desde mi ultimo carnaval. Cuatro años leyendo con física envidia el periódico por Internet. Escuchando por teléfono la papayera y el fandango. Cuatro años lejos de la sal que me vio nacer.
El próximo año ya veremos. Deseo bailar con la cumbiamberita que apenas ha descubierto que la niña con calcetines de rombos y camiseta naranja, no es más que ella misma reflejada en el espejo.



