
En memoria de mi Elena.
siempre mereces que te releea y recuerde.
REMOLINOS DE AGUA.
Cuando llegué al mundo imagino que fue como sumergirme pero en sentido inverso en las formas circulares cóncavas y convexas de la vida. Esas formas que a veces no se entienden por mucho que miremos el plano en perspectivas distintas.
Cuando mi madre nació lo hizo también la esperanza de alargar el amor a mi abuela de ese hombre tan esquivo que fue mi abuelo. No sé cuantas veces he contado la historia de esta señora fuerte que solo cayó cuando ya no le encontró a el plano de su vida más perspectivas que las del techo de su cuarto tendida en , una cama. Esas imágenes de los hermanos que había perdido para siempre bajo el yugo de las balas asesinas de una revolución que cada día sigue hundiendo en el absoluto desastre a una Colombia que hace poco no veo, y que como hija desagradecida recuerdo solo en los momentos de silencio y oscuridad.
Como decía o como ella me decía cuando perdí el brillo de sus ojos en esa camilla del hospital de soledad, -míralo ahí está - el ahí está del hermano menor muerto que vino para hacerle más tranquilo el paso por ese remolino que debe ser la muerte, entonces supe que de esa cama no se levantaría, no sé porque a la vez no me percaté que las circunstancias nos daban todas las señales de una ultima vez.
Aun me queda esta sensación , tal vez no hice lo suficiente, ¿o será cargo de conciencia?. De otra ingratitud mía ante la persona que me crió cuando mi madre se fue del país buscando este porvenir que también hoy busco yo. Como siempre ante la partida ninguna despedida es suficiente y ninguna tesis posterior lo es. Solo nos quedan esos momentos buenos los malos y peores también. Solo nos queda ese recuerdo de agua que siempre termina sumergido en una lágrima y el esbozo de una sonrisa.
No sé quien vendrá por mí el día de mi muerte supongo que hasta ese momento muchos ya habrán partido antes que yo, pero lo que si sé es ,que en la historia de mi abuela queda el testimonio para no cometer algunos errores. El error de la soberbia mía, de mi familia e incluso de ella, el error de la injusticia de nosotros y de un sistema sanitario que no funcionará hasta que el gobierno o a quien corresponda reemplacen los fusiles por médicos y quirófanos, el error de la inconciencia que creo todos llevamos a cabo sin querer y por desconocimiento o mejor dicho por inconciencia.
Hay gente valiente que dice que no cambiaria nada de lo que le ha tocado vivir en la vida yo entonces prefiero pasar por la gente cobarde porque además de el millón de errores y aciertos que puedo tener, solo le cambiaría a ella a mi abuela una segunda oportunidad. Quisiera contar una historia feliz una de esas de culebreen pero creo que hay que cambiar una historia feliz por una historia real. Una Elena que vino de un pequeño pueblo en los montes de maría muy joven e inexperta una mujer que dejó todo atrás para que la gran ciudad del puerto de Barranquilla se la tragara entera, como dejó mi madre después esa Barranquilla por un centro América de puerto con duty free y como la he dejado yo por está pequeña ciudad al norte de España donde aun no descubro lo que me ofrece. Supongo que de tener una hija y por tradición familiar también dejará este puerto pero me pregunto ¿que puerto puede estar más lejos? Para mí, para los míos, para los que me rodean.
Solo recién he descubierto está conciencia de un existir que hay que tomar a pequeños sorbos como la sopa caliente, si te da miedo vivir la cosa se pone peor, aparecen las fobias, las depresiones, las obsesiones, las fijaciones y todo lo que describen los psicólogos y psiquiatras como signos de anormalidad, porque en el reino de los ciegos el tuerto es rey.
Retomando lo que decía, Cuando Elena llegó a Barranquilla no sé cuanto tiempo antes o después conoció al padre de mi madre, - debería decir mi abuelo- la parte que editaron de la historia es que Elena era la amante de mi abuelo, o más bien que el señor Pérez no dijo completamente la verdad o más bien omitió detalles de la verdad no sé hasta que punto es políticamente correcto decir que mintió pero si creo que mintió, entonces el detalle que omitió fue que estaba casado, con cuatro hijos y que a su esposa le decía lo mismo que a mi abuela que tenía que irse semanas enteras de viaje por cosas del trabajo, no sé que trabajo tenía pero en la década del sesenta las mujeres puede que fueran un poco más confiadas. Y así uno, dos, tres, y cuatro años y uno dos, tres, y cuatro hijos pero la cuarta es la vencida o sea mi tía blanca la menor de los hermanos de mi madre. Porque él al verse ya con ocho hijos dice que se va a Venezuela a trabajar para la petrolera de allá y que periódicamente regresaría a Barranquilla de vacaciones y que por supuestisimo enviaría la manutención de sus cuatro hijos con la una y con la otra. Y por supuesto la una y la otra no saben de la existencia de ninguna y de ningún hijo. Esto puede tener todas las explicaciones posibles, desde una cultural adjudicable al mito del macho latino o una de falta de sentido común por las dos mujeres. Finalmente el señor Pérez se ha quedado en Venezuela en lo que corresponde a Elena se queda sola con cuatro hijos sin casa ni nada que comer.
lo lógico cuando se depende económicamente de un supuesto marido. Los días pasaron y él nunca llamó, ni apareció, ¿estará muerto decía mi abuela? Una viudez un luto que no pudo cargar ante la ausencia de un funeral y un cuerpo muerto. La pasaron mal de casa en casa de los pocos paisanos del pueblo de ella, de casa en casa de las pocas comadres hasta que Lidia una amiga de él le alquilo a mi abuela el garaje de su casa. Garaje que cumplía las condiciones de garaje con una cama para los 5 con goteras en el techo de zinc y con la poca privacidad que permite vivir en esas condiciones. Gracias a dios existían los internados en ese momento el país aun se podía permitir algo de seguridad social y los colegios de caridad católicos ofrecían el servicio de guarderías de ocho de la mañana a cuatro de la tarde entonces los menores blanca y Néstor a la guardería y mi madre y Mario le ayudaban después del colegio a lavar y planchar ajeno en las casas de las familias ricas de la ciudad. Casas que cuando yo fui más grandecita visité como premio de ganar el año o portarme bien en el colegio. A los siete años vi el contraste de mi habitación compartida con 5 primos y el lujo de las niñas ricas con las muñecas de ultima moda y los zapatos para cada vestido y la foto en Disney world con el ratón Mikel en el recibidor de la sala. Yo no tuve esas cosas, pero si una buena educación una familia preocupada por que aprendiera todo lo que pudiera sabiendo que era la única herencia que podía recibir, libros para leer, y porque no decirlo nunca me acosté sin cenar como alguna vez lo pudo hacer mi madre a mis años. Así transcurrieron muchos años mi abuela se hacia más vieja, mas gorda, mas terca. Mas dura tan dura que la pensé indestructible.
Cuando ella orinaba por las noches en las mañanas el inodoro amanecía lleno de hormiguitas locas una hormigas propias del caribe que solo comen cosas dulces son negritas y flaquitas muy diferentes a las carnívoras que se devoraron en cien años de soledad al ultimo de los Buendía. Raro muy raro ,ella comenzó a tomar mucha más agua, mareos, nauseas, y comenzaron los sustos, finalmente le diagnosticaron una diabetes, algo hereditario creo que alguna hermana de ella había sufrido de eso y muerto también. Peleo con la diabetes veinte años pero murió no porque la diabetes la matará si no porque sé cansó de pelear.
Su orgullo no le permitía estar en la silla de ruedas en la quedó después de que le amputaran la pierna derecha., ni utilizar muletas ella que sola había levantada cuatro hijos sobrevivido a la viudez de un muerto sin funeral y quien sabe a cuantas cosas más que se había callado se resistía a que le cambiaran pañales desechables y le restringieran dulces y harinas, no mas yuca con mantequilla al desayuno no más plátano frito, le quitaron el ultimo placer que podía procurarse sin sexo y sola el placer de comer, la libertad de decir que le entraba a su cuerpo ya que no lo podía mover por la falta de su pierna. Entonces supongo que decidió dejarse morir, dejar la insulina, dejar los dolores en la pierna que no tenía y dejarlo todo incluso a nosotros la familia que no entendía que de vivir también se puede morir.
Cada rato amenazaba con comerse una taza de azúcar para morirse por la noche y que nadie le impidiera partir, cada rato ese resentimiento contra el mundo la apretaba contra la cama, contra las cuatro paredes de la habitación, contra ese lugar tranquilo que debe ser la muerte y donde están todas las personas que ella extrañaba, sus hermanos, su madre, y su marido. .Entonces pasó yo estaba de viaje mi madre me llamó pensé que era una de esas crisis de hiperglicemia pero no era una de esas crisis era la ultima, alcancé a verla a tomar su mano y a ver el brillo ausente en sus ojos hasta que me dijo- míralo ahí está mi hermano Luis vino por mi- entonces el final, tres paros cardiorrespiratorios, en plena madrugada un poco de negligencia medica, y en mi esas palabras valiosas de mañana vengo a verte no te me mueras hoy que voy para una fiesta. Fui a una fiesta yo bailaba mientras ella se moría y la verdad lo hice porque nunca pensé que ella sé iba a morir esa noche ese día seis de septiembre justo seis días antes de mi cumpleaños.
Nunca pude entender ese deseo de morir de quitarse del camino de sentirse el estorbo para nosotros, no siento que concientemente la hiciéramos sentir estorbo, no directamente pero tal vez si las pequeñas cosas de la vida en familia, la incomprensión ante su ceguera por la diabetes y su agudo oído que nos hacía dudar sobre si podía ver o no, la incomprensión ante la falta de su pierna que más que una extremidad era la capacidad de ser libre de el aire espeso de la casa y de los nietos más pequeños que no la entendían y de los hijos más grande que no la visitaban,
esa pierna que tal vez le pudo permitir ir donde esos hijos ingratos o a las tumbas de esos hermanos muertos , pero creo que ya no, será ni lo uno ni lo otro, me quedan los remolinos de agua del arroyo que pasaba detrás de la finca en los montes de María montes que hoy son del Diablo y de unos pocos que no se han ido por miedo a la que la gran ciudad los maté más rápido que la propia guerrilla . fue en Ese arroyo donde aprendí mi fobia por los sapos, donde vi la vida nacer entre las piernas de las preñadas y las manos ensangrentadas de las parteras anejas en ron compuesto con hojas de marihuana. El sonido de ese arroyo sobre la hamaca del destino, la sensación del vació de la nada, y a la vez de todo.
Ya para mí esa tierra perdió su peso, su negrura, su gracia. Porque ya he perdido mi lazo con ella, pero también trato de hacerme un nudo a esta nueva, y la verdad aun no me llena, porque no la encuentro misteriosa, o salada, o tropical o que sé yo. Ahora pasa lo inexplicable lo que, me hace llamar a este acontecer de sucesos cóncavos y convexos existencia.
Después de cuarenta años el padre de mi madre o más bien debería decir mi abuelo ha aparecido. No ha aparecido en una tumba como decía mi abuela, ni en un manicomio por ese Alzheimer tan temprano que le hizo olvidar a los ocho hijos en Barranquilla y ahora desperdigados por el mundo. Apareció en la misma dirección donde les dejó viviendo, preguntando por una Elena que no sé si sabe que está muerta, a dar explicaciones un poco tarde a esa mujer que no volvió a confiar en el amor, ni en los hombres. O tal vez no quiso por que sabía que él regresaría pero un poco tarde.
Tardísimo. Con diez hijos, ciego, con ocheintaicuatro años y un estado de indefensión que nadie puede ignorar. ¿Que pasará reclamaremos, preguntaremos o simplemente guardaremos todo en un código de silencio? ¿Será muy perverso hacerle las preguntas a las que solo él puede responder? Tendrá un poco de pena o vergüenza por esa memoria selectiva e injusta que lo hizo desaparecer tantos años y ahora lo trae como el Río a los ahogados hasta la orilla para verlo morir.
7 septiembre 2003.