
Si los niños conviven con las críticas, aprenden a condenar.
Si los niños conviven con la hostilidad, aprenden a pelear.
Sí los niños conviven con el miedo, aprenden a ser cobardes.
Si los niños conviven con la compasión, aprenden a compadecerse a sí mismos.
Si los niños conviven con el ridículo, aprenden a ser tímidos.
Si los niños conviven con los celos, aprenden lo que es la envidia.
Si los niños conviven con la vergüenza, aprenden a sentirse culpables.
Si los niños conviven con la tolerancia, aprenden a ser pacientes.
Si los niños conviven con el estímulo, aprenden a estar seguros de sí.
Si los niños conviven con el elogio, aprenden a apreciar.
Si los niños conviven con la aprobación, aprenden a gustarse a sí mismos.
Si los niños conviven con la aceptación, aprenden a encontrar amor en el mundo.
Sí los niños conviven con el reconocimiento, aprenden a tener un objetivo.
Si los niños conviven con la generosidad, aprenden a ser generosos.
Si los niños conviven con la sinceridad y el equilibrio, aprenden lo que son la verdad y la justicia.
Si los niños conviven con la seguridad, aprenden a tener fe en sí mismos y en quienes los rodean.
Si los niños conviven con la amistad, aprenden que el mundo es un lugar bello donde vivir.
Si los niños conviven con la serenidad, aprenden a tener paz mental.
¿Con qué están conviviendo tus hijos?
Elegí para comenzar con esta reflexión de Dorothy L. Nolte con el propósito de que cada padre que lea esto haga su propia auto-evaluación de lo que está grabando en la ‘memoria celular’ de sus hijos. Hasta hace algún tiempo se creía que solo registrábamos las experiencias a nivel ‘cerebral’, pero estudios recientes demuestran que al igual que los códigos biológicos se traspasan a través del ADN que funciona como la memoria generacional, también las creencias, los hábitos, los valores, las capacidades, las emociones y los comportamientos se imprimen en cada célula lo cual genera patrones repetitivos psicológicos.
La ‘memoria celular’ se define como la capacidad de las células de los tejidos que viven de memorizar y de recordar las características del cuerpo en el cual se originaron. En los últimos años se ha demostrado que los individuos receptores de órganos donados han comenzado a tener comportamientos, emociones, sensaciones y preferencias que no correspondían a sus características anteriores, es decir que parecían no pertenecer al receptor.
Estos nuevos rasgos al ser investigados verificaron que pertenecían a su donante. ¿Cómo pudo ser esto? Por la ‘memoria celular’.
Les trasmitimos a nuestros hijos nuestra historia personal, la de nuestros padres, nuestros abuelos, a menos que de manera consciente elijamos cambiar nuestras pautas personales y transformemos la información que está programada en nosotros. Somos ‘biocomputadoras’ que responden a la programación mental y emocional de nuestros antecesores y de las huellas o impresiones que vamos grabando los primeros siete años de vida de las personas que nos crían y están en nuestro círculo de influencia.
Con toda esta programación cada persona interpreta sus experiencias personales funcionando como uno de los más importantes filtros que moldean la percepción o manera de ver la realidad. Por eso es responsabilidad de cada ser humano asumir cambios para cambiar su realidad.
Los padres que asumen la responsabilidad de darse cuenta de sus propias fallas en la programación, tienen la posibilidad de corregir ésta, al igual que cuando el computador nos presenta error en un programa y lo corregimos entrando al sistema y reprogramándolo o desmontando el programa y remplazándolo por uno que sea más eficiente y nos permita llenar las necesidades que tenemos para operar adecuadamente.
Les enseñamos a los niños nuestras creencias, hábitos, valores y comportamientos; les enseñamos a reprimir las emociones, a esconderlas y avergonzarse de ellas; y con el paso del tiempo los niños dejan de ser auténticos porque han olvidado quiénes son en realidad. Esta es la paradoja de la vida, lo que percibimos de nosotros mismos, nuestra auto imagen o personalidad es una combinación de experiencias guardadas en nuestra ‘memoria celular’ a partir de las huellas que han dejado en nuestra historia quienes nos antecedieron, pero a la vez podemos cambiar y trasformarnos haciéndonos responsables de la vida que se nos ha regalado despertando nuestra conciencia para hacer lecturas nuevas de las realidades repetitivas y dar la oportunidad a nuestros hijos de mejores diseños personales porque hemos incorporado modelos más sanos y armoniosos.
Un ejemplo muy ilustrativo es la historia de dos hermanos gemelos que cuando fueron interrogados en un juicio que se seguía a uno de ellos por maltrato a sus propios hijos, robo y abuso de drogas, respondieron lo siguiente:
El hermano acusado: “Imagínese, mi papá era alcohólico, nos maltrataba, estuvo preso muchísimas veces. Con un papá así, ¿qué otra opción me quedaba?”
El otro hermano, reconocido por ser un gran trabajador y quien tenía una relación excelente con su esposa e hijos: “Imagínese, mi papá era alcohólico, nos maltrataba, estuvo preso muchísimas veces. Con un papá así, ¿qué otra opción me quedaba?”
Sabiendo que los filtros y modelos de percepción (creencias), las asociaciones de la memoria celular (grabaciones) y las interpretaciones de cada persona son únicos, podemos aportar a nuestra vida familiar y social significados constructivos o limitantes. Podemos quedarnos en patrones de conflicto o elegir la comprensión y aceptación de la vida como oportunidad para crecer en conciencia y transformarnos o elegir ser víctimas que se quejan, acusan y lamentan sumergidas en el dolor. Podemos aportar conviviendo con otros como ejemplo de vida.
Hoy en día la psicología cuerpo-mente aporta modelos de ‘liberación de la memoria celular y transformación del cuerpo del dolor’ como herramientas terapéuticas que permiten acceder fácilmente a la memoria celular y corregir los registros causantes de malestar y desarmonía impresos en las células de los órganos que forman nuestro cuerpo. Así toda emoción, creencia, valor, hábito y/o comportamiento que cause dolor, sufrimiento o desequilibrio en nuestra vida, pueden ser transformados en energía vital, útil y creativa con la que podemos construir nuevas redes de información física, emocional y mental para nosotros y nuestros hijos.
Por Tere Rosales de Lemus
E-mail: dirsercapaz@etb.net.co
KATHERINE GOMEZ.